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14 octubre, 2023

Cartas desde Irak

Sobrevolando Irak. Al fondo, el Tigris.

Del 4 al 9 de septiembre de este 2023 tuve la oportunidad de viajar a Irak —lo que no es difícil, sólo tuve que sacarme y pagar el billete de avión— y de compartir la mayor parte de esos días con los militares españoles que están destinados allí —lo que ya requiere de una autorización que debo agradecer aquí al personal de comunicación del Mando de Operaciones (MOPS) del Ministerio de Defensa—. De la experiencia, entre otras cosas, y algunas que vendrán más adelante, salió esta serie de cartas publicadas durante la semana siguiente en los diarios del Grupo Vocento.

Son impresiones de un país que los soldados españoles pisaron por primera vez hace ahora veinte años, y que sigue mostrando las cicatrices de los cuarenta años de guerra que ha padecido. Esa guerra que en el siglo XXI los seres humanos no hemos aprendido a erradicar, que en Irak aún no se ha apagado del todo y que en estos días otros se esfuerzan por recrudecer en otros lugares.

Esta es la serie, tal cual. Sólo he añadido algunas fotos.

10 de septiembre. Ángeles guardianes.

Sargento Moral, del Grupo de Regulares 54 de Ceuta, en funciones de protección en Bagdad.

Al ver el pasaporte español, el agente iraquí chapurrea con gesto sonriente: «España». Y acto seguido: «Cristiano». A quien acaba de aterrizar en el aeropuerto de Bagdad desde Madrid, vía Doha, le extraña que le mencionen tan pronto la religión. Como si adivinara, el iraquí, ensanchando aún más la sonrisa, añade: «Hala Madrid». El trámite de obtención del visado, que se ventila en el propio control de inmigración, se zanja rápido y sin ningún problema, previo pago de 80 dólares. En el vuelo, medio vacío, viaja otra media docena de extranjeros de países árabes, que no tienen tanta suerte. Puede parecer una anécdota, pero denota algo que vamos a confirmar en días sucesivos: los españoles caemos bien en Irak, y algo influye lo que venimos a ver.

Tras recoger el equipaje, salimos a la zona de llegadas y allí no tardamos en divisarlos. Dos hombres jóvenes, en forma, con camiseta negra y pantalón táctico de color beige. Uno de ellos avanza hacia nosotros y se presenta sin pérdida de tiempo:

—Sargento Tineo, responsable de su call-sign —y mientras señala al otro, agrega—: El legionario Isam, su ángel guardián.

Interior de un vehículo de la Unidad de Force Protection mientras circula por una calle de Bagdad.

Esta es la primera imagen que reciben de Bagdad los que vienen aquí para trabajar como asesores dentro de una de las dos misiones en las que en estos momentos participan en Irak los soldados españoles, la denominada NATO Mission Irak (NMI): militares y civiles de los distintos países de la Alianza que están en Bagdad a petición del Gobierno iraquí para dar asistencia a la reorganización, modernización y capacitación de sus Fuerzas Armadas —y pronto también de seguridad—. Estos legionarios del Tercio Duque de Alba de Ceuta —que junto a efectivos del Grupo de Regulares 54 y daneses, lituanos y polacos, bajo el mando conjunto de un comandante español, forman la llamada Unidad de Force Protection— son además buena muestra del papel significativo que los españoles desempeñan hoy en Irak.

Puede parecer una misión menor: dar seguridad en sus desplazamientos, desde su misma llegada, al personal de NMI. Pero cuando en el camino a la salida nos explican cómo va a ser la operación, se percibe otra cosa. Viajaremos en un convoy de cuatro vehículos civiles blindados, dos que esperan en la puerta y otros dos ya a la salida del aeropuerto, donde el sargento y el legionario se arman y se reúnen con el resto del equipo: en total una docena de legionarios, dos de ellos mujeres. Esta misión, además, nos explicará luego el comandante Villaescusa, jefe de la unidad, refuerza la presencia y la reputación de los españoles ante el resto de los miembros de la Alianza, cumpliendo uno de los requisitos que impone la autoridad iraquí: que su seguridad se provea sin hacer visible la presencia militar extranjera.

Equipo de Force Protection español en Bagdad.

Y hay otro detalle, el factor hispano: los asesores de NMI se encuentran con unos soldados que cumplen con su misión sin dejar de mostrarse cordiales, desde la botella de agua fría que te ofrecen nada más subir al coche. Isam, ceutí de origen marroquí, aporta algo más: en uno de los checkpoints que debemos cruzar antes de llegar a nuestro alojamiento, habla en árabe con los iraquíes, con su sonrisa franca y sin perjuicio de los servicios del lingüista que junto a un experto en inteligencia y un navegador forman la dotación de cada call-sign, o equipo de protección.

Ni esa noche ni en los días siguientes es fácil moverse por Bagdad, ciudad sin semáforos y de tráfico anárquico. Aun así, los españoles de la Force Protection consiguen, con suavidad y firmeza, que jamás se deshaga el convoy. Uno de ellos, el capitán Hierro, fue padre el pasado 25 de agosto. Su mujer le puso un wasap cuando rompió aguas, pero desde Bagdad no pudo llegar a tiempo de ver nacer a su hija. La niña se llama África.

11 de septiembre. Mano izquierda.

Con el teniente general Agüero, jefe de la NATO Mission Iraq (NMI), en su despacho de Bagdad. (Foto: Gema Nieves, MOPS. Mi gratitud por su apoyo durante el viaje)

Sobre el dintel de la puerta se lee esta frase: «HOME OF THE FREE BECAUSE OF THE BRAVE». O lo que es lo mismo: «casa de los libres gracias a los valientes». El lugar es el comedor del complejo denominado Union III, situado en la Zona Verde de Bagdad, justo enfrente del gigantesco recinto de la embajada de los Estados Unidos y en lo que hoy es el centro de operaciones conjunto de las fuerzas armadas iraquíes y en otro tiempo acogió la sede del partido Baaz de Sadam Hussein. En la azotea de este edificio aún se aprecian los estragos de los misiles Tomahawk que cayeron sobre él durante la invasión del año 2003.

En el comedor, pese a la raigambre yanqui de la leyenda que lo preside, almuerzan militares y civiles de una multitud de naciones. Muchos son miembros de la NATO Mission Iraq (NMI), con unos seiscientos efectivos. Y aunque antes de viajar aquí el cronista ha podido comprobar que sus compatriotas apenas lo saben, los más numerosos entre ellos son los españoles.

Un encuentro inesperado: con el sargento primero Fontenla en Union III, en Bagdad. Veterano de la misión de 2003-2004. Sale en Y al final, la guerra, que coescribí con Luis Miguel Francisco.

Dentro del recinto de Union III ondea la bandera rojigualda en la parte del complejo denominada Casa España, donde hay un recuerdo especial para el comandante Baró, uno de los siete agentes del CNI abatidos en 2003 en una emboscada en Latifiya. Y el hombre que ahora mismo ocupa el despacho del jefe de la NMI es un español, el teniente general Agüero, lo que no deja de ser un hito, por lo relevante y lo delicado de la empresa.

El recinto de la llamada Casa España en la base Union III, de Bagdad.

Es el propio teniente general, un hombre afable y reflexivo —en contraste con la rotundidad del lema citado más arriba—, quien aquilata su alcance y el contexto en el que se desarrolla su misión. Para empezar, conviene distinguirla de la otra misión que mantienen en Irak ahora mismo España y otros muchos países —muchos más, de hecho, de los miembros de la OTAN—: la Operación Inherent Resolve (OIR), lanzada allá por 2014 para ayudar entre otros al Gobierno y las fuerzas armadas iraquíes a erradicar al Dáesh, ISIS o Estado Islámico. Ese empeño, ya en su fase final, tras la pérdida por parte del Dáesh de la amplia base territorial que llegó a someter, se traduce ahora en Irak en el respaldo a las tropas locales en una lucha que ha dejado de ser de contrainsurgencia para convertirse en antiterrorista.

Sus tres frentes abiertos son los elementos aislados del ISIS que permanecen huidos y escondidos —a lo sumo unos dos mil—, los cerca de diez mil detenidos —en campos sirios— y los cincuenta mil refugiados, muchos jóvenes, que podrían ofrecer la cantera para una eventual reconstitución del grupo radical.

Una de las imágenes más conocidas de Bagdad. Las Manos de la Victoria. Monumento conmemorativo de la guerra contra Irán. A la entrada de la Zona Verde.

Lo que dirige el general es algo muy distinto. Aunque la OIR no es una misión de combate para los miembros de la coalición —el contacto con el enemigo, si se da, lo asumen los iraquíes—, contempla un apoyo a las acciones que no se da en NMI. Es un trabajo de asesoramiento, al más alto nivel, para acercar a las fuerzas armadas iraquíes al estándar occidental —un estándar de éxito, subraya Agüero sin estridencias—; tanto en términos organizativos como de planificación, formación o presupuestos. Sus interlocutores reportan directamente al primer ministro, y los asesores tratan a diario con generales y altos mandos.

El trabajo, indica el general, exige ante todo mano izquierda y respeto, porque, como anota con ironía, «todos somos un poco soberbios y no nos gusta que nos quieran enseñar, y si estamos aquí es a petición suya y para ayudar en lo que nos pidan».

El centinela más contundente para la Zona Verde: un carro M1 Abrams.

¿La meta? Que un día no lejano la Alianza no tenga misión en Irak y los iraquíes sean capaces de garantizar su seguridad sin ayuda. Algo que los mil checkpoints que se tropieza hoy uno en Bagdad —incluido el carro Abrams apostado a la entrada de la Zona Verde— atestiguan que no se ha alcanzado todavía.

12 de septiembre. Dragones voladores.

El Tigris desde un helicóptero Cougar de la Task Force Toro.

No deja de ser un privilegio, por más que se repita varias veces para el cronista a lo largo de una sola jornada, y muchas más a lo largo de los seis meses de misión para los protagonistas de esta historia. Sobrevolar primero el Éufrates y luego el Tigris, y otra vez de vuelta, en esta ocasión primero el Tigris y después el Éufrates, no es otra cosa que contemplar las dos vías de agua entre las que surgió la vieja civilización de la que somos remotos legatarios. Todavía corren por la superficie amarilla del desierto, aunque los caudales de los dos se ven comprometidos por las presas que aguas arriba construyen Irán y Turquía. Si algún día le faltan el Dijla y el Furat —Tigris y Éufrates en árabe—, de los que dependen el país y sus agricultores, Irak lo va a pasar mal.

Piloto de la Task Force Toro en un helicóptero Cougar en su base de Al Asad.

Los militares de la Task Force Toro (TFT), el destacamento español con cuatro helicópteros Cougar que opera desde la base de Al Asad, en medio del desierto y cerca del Éufrates, confirman la experiencia única que representa volar sobre este país. Desde los atardeceres perturbadores sobre la inmensidad del desierto hasta los zigurats —antiguos monumentos mesopotámicos— que han divisado en alguna ocasión desde el aire. Aunque también pone a prueba sus destrezas y a los propios aparatos: ahí están las tormentas de arena, casi impredecibles, y que reducen de forma drástica la visibilidad, y las temperaturas, que este verano han pasado más de una vez de los 50 grados, el límite a partir del cual resulta desaconsejable arrancar sus turbinas.  

Sobre el Éufrates, cerca de la base de Al Asad.

Este miércoles de septiembre tenemos suerte, no pasaremos de los 45 o 46 grados. Aprovechamos el viaje de reconocimiento de los militares que vienen en avanzadilla para el próximo relevo y hacemos un recorrido que desde Bagdad nos lleva a Al Asad, después al destacamento de Qayyarah —donde radica un equipo de operaciones especiales— y por fin a Erbil, ya en el Kurdistán iraquí, donde hay una representación militar española para la gestión de la logística del destacamento de Qayyarah. Todo lo que necesita este, y que llega a través del aeropuerto de Erbil, son los Cougar de la TFT los que lo transportan. Su función es por tanto vital para los boinas verdes que viven en la pequeña base desde la que operan, obligados a ser autosuficientes.

No es esa la única misión de la TFT. Sus integrantes, en su mayoría destinados en el BHELMA VI del Mando de Canarias, cubren las necesidades de transporte de la coalición, de la misión de la OTAN en Irak y de los militares españoles, ofertando todas las plazas disponibles para su aprovechamiento en cada vuelo. Lo comprobamos en el primero, entre el helipuerto de la embajada estadounidense y el complejo denominado BDSC, aún en Bagdad, en el que viaja con nosotros un marine americano.

Con una de las tripulaciones con las que compartimos vuelo.

La unidad canaria, en homenaje al árbol mítico de Tenerife, el Drago milenario, tiene un dragón en el escudo y por lema esta frase en latín: Semper nebula est draconis cubile —«siempre hay niebla en el cubil del dragón»—. El jefe de la TFT, o mejor dicho de ISPUHEL XVIII —el número que hace esta misión—, es el comandante Moreta, que presume de que con el equipo de pilotos que dirige, bajo el mando del capitán Forner, desde los oficiales y suboficiales más jóvenes hasta el subteniente decano del grupo, puede dormir tranquilo. También gracias a la labor del equipo de mecánicos, que manda el capitán Begines y que logra que los Cougar estén operativos en condiciones tan extremas. Cada hora de vuelo, recalca Begines, lleva cuatro de mantenimiento.

Con las tripulaciones con que volamos a lo largo de la jornada.

Deshacemos el camino y volvemos al atardecer a Al Asad, donde vamos a pernoctar hoy. Damos fe: mientras el aire que entra por las puertas abiertas del helicóptero le azota a uno la cara, resulta hipnótica la visión encendida del desierto iraquí.

Atardecer sobre el desierto.

13 de septiembre. Gente cumplidora.

Nacho y Hernán subiendo al helicóptero en la base de Al Asad.

Nacho y Hernán avanzan tranquilos hacia el helicóptero que los espera en la plancha de la base de Al Asad. Tiene su mérito, porque son dos perros, dos hermosos ejemplares de pastor belga malinois, y por regla general los canes no se llevan bien con un estruendo como el que provocan los rotores de las aeronaves. No es además la primera vez que vuelan. Vienen desde Bagdad, donde han estado prestando servicio durante tres meses. Ahora se dirigen a Qayyarah, donde trabajarán tres meses más.

Allí, en Qayyarah, en la base denominada Camp Yarto —en homenaje al comandante Fernando Yarto, fallecido hace ahora cinco años en acto de servicio— trabaja parte de los militares de operaciones especiales españoles actualmente desplegados en Mesopotamia. Nacho y Hernán, perros de combate, han estado en la primera mitad de la misión apoyando a otro equipo, con base en Bagdad, y refuerzan ahora en Qayyarah la misión que desarrollan los soldados españoles en el marco de la Operación Inherent Resolve (OIR), de apoyo a Irak contra el Dáesh.

Nacho y Hernán, ya en Qayyarah.

Del valor de esta misión para los iraquíes da testimonio la conversación que mantenemos con el general Haydar, jefe de la brigada del ICTS —Iraqi Counter Terrorist Service— con uno de cuyos batallones trabajan desde Qayyarah los españoles. El alto oficial iraquí, un hombre de buena estatura y uniforme impoluto —como es la norma entre ellos— no sólo exhibe una extrema cordialidad hacia sus socios, lo que podría ser, como el exquisito té negro que nos sirven, una simple expresión de la hospitalidad árabe. También se detiene a enunciar una serie de argumentos concretos: «Los españoles sois muy profesionales, trabajadores, flexibles y siempre cumplís lo que prometéis. Y las capacidades que nos aportáis son cruciales para nosotros.»

La unidad del ICTS a la que están asociados los españoles de Camp Yarto actúa contra elementos residuales del Dáesh en la región occidental del país. Son los iraquíes los que combaten sobre el terreno, pero se benefician de los medios especializados que proporciona la coalición —y de los que Irak carece— para la obtención de inteligencia y el apoyo a sus acciones, amén de la instrucción orientada a la adquisición por los iraquíes de estas capacidades específicas. Principalmente, la labor de Nacho y Hernán, y sobre todo de su guía, servirá para que las unidades del ICTS se acaben dotando de sus propios equipos caninos.

En Camp Yarto con el sargento M, inspirador de alguna de las historias que aparecen en Nadie por delante. Por razones de seguridad de su misión, no puedo mostrar su rostro.

No hace mucho la brigada del general Haydar tuvo varios heridos en una escaramuza en la que también resultó muerto un militar de operaciones especiales francés. Tras un ataque aéreo contra una célula del Dáesh, se acercaron por tierra y sufrieron una emboscada. El jefe del grupo de operaciones especiales en Irak, el teniente coronel R. —por seguridad no podemos dar el nombre ni mostrar el rostro de ningún miembro de este grupo—, se interesa por la salud de los heridos iraquíes, deferencia que el general le agradece vivamente. También de esto va esta misión: de crear el vínculo humano entre quienes luchan juntos.

Con el subteniente R. en Erbil. También dio pie a alguna página de Nadie por delante. Tampoco puedo mostrar su rostro, por las razones antes indicadas.

En Camp Yarto conversamos con los soldados que allí viven y trabajan. Entre ellos están el legionario P. y el cabo primero S., veteranos de la operación Iraqi Freedom, que llevó en 2003 a las tropas españolas a Irak. En Erbil hablamos con otro de aquellos pioneros: el subteniente R., que se ocupa del apoyo logístico a sus compañeros de Qayyarah y que afrontó en primera línea el ataque a la base de Nayaf el 4 de abril de 2004. A ellos se suman, entre otros, los operadores de los medios técnicos de los que dispone la misión, efectivos de la EZAPAC —militares de operaciones especiales del Ejército del Aire, que realizan el apoyo aerotáctico— y la capitán sanitaria D., que vela por la salud en este lugar aislado en pleno desierto. Gente cumplidora, que lejos de casa da la cara para dejar en alto el pabellón de su país.

14 de septiembre. Prohibido olvidarlos.

Homenaje de al soldado Aarón Vidal en Besmayah, el pasado 8 de septiembre.

Un mal día de julio de 1921, trescientos soldados españoles murieron, tras varias jornadas de resistencia desesperada, a manos de los rebeldes rifeños que irrumpieron a sangre y fuego en la posición de Sidi Dris. Trescientos. Tantos como fueron los espartiatas que cayeron en las Termópilas; cuarenta más que los hombres del general Custer aniquilados en Little Bighorn. El cronista ha visitado varias veces Sidi Dris a lo largo del último cuarto de siglo. Sigue sin haber allí nada que los recuerde.

La desmemoria de España hacia quienes dan su vida por ella es una costumbre secular que al fin parece que hemos aprendido a corregir. Lo comprobamos en Besmayah, a sesenta kilómetros de Bagdad, donde podemos asistir a una sencilla pero solemne ceremonia. Se celebra delante del monolito en memoria del soldado Aarón Vidal, del regimiento de Caballería Lusitania, caído en acto de servicio en este mismo lugar. El 8 de septiembre de 2016, un camión cisterna se estrelló contra el vehículo desde el que Vidal realizaba labores de vigilancia, a la entrada de la base en la que entonces entrenaban los españoles a las fuerzas especiales iraquíes, y que hoy ocupan sólo tropas locales.

Militares españoles e iraquíes departen en Besmayah, antes del homenaje.

Para la ocasión se han desplazado a Besmayah el capitán Ribas, destinado en el Lusitania, y el coronel Lechuga, del arma de Caballería, con otros militares españoles y un piquete para rendir honores. El monumento, con una placa en recuerdo del soldado Vidal, está decorado con las banderas española e iraquí. El capitán lee la efemérides y el coronel destaca en su alocución que Aarón Vidal dio su vida en defensa de las libertades de los iraquíes y también, en la distancia, de sus conciudadanos. Un coronel y otros oficiales iraquíes forman con los españoles para rendir homenaje al caído. La expresión de respeto en sus rostros invita a creer que suscriben el discurso del coronel Lechuga.

Monolito en memoria del soldado Vidal en Besmayah.

Al final del acto suena el toque de oración y los presentes cantan el himno de la Caballería española. «Tu deber y tu honor / te llevan al sacrificio», rezan dos de sus versos. Mientras oímos a los militares honrar así al compañero caído, conforme al lema al que nos remite el capitán Ribas —«prohibido olvidarlos»—, es inevitable preguntarse por la utilidad de este y otros sacrificios, como el de los once españoles muertos en Irak entre 2003 y 2004 a los que recuerda un monolito en la Embajada en Bagdad. Por el futuro que aguarda al país, una vez se culmine la misión en la que Aarón perdió la vida, la lucha contra el Dáesh.

Monolito a los caídos ante en la Embajada de España en Bagdad.

El teniente general Agüero, jefe de la misión de la OTAN en Irak, deja un margen para la esperanza. «Yo soy optimista —nos dice—, y no sólo porque así uno es más feliz, sino porque esta gente ha tenido cuatro guerras en cuarenta años. Yo trato con algunos generales que han estado en las cuatro, vaya, que como suelo decirles, están vivos de milagro. Y lo que también están es hartos, y tienen verdaderas ganas de mejorar, de progresar en todos los terrenos, para conseguir que su país salga adelante, a pesar de las muchas dificultades». Es posible, cree, que esta vez no falle todo, como falló en 2014, con la irrupción del Dáesh.

De vuelta en Union III, antes de soltar el casco y la coraza. Con 46 grados a la sombra, se aprende a ansiar el momento.

El embajador de España en Bagdad, Pedro Martínez-Avial, buen conocedor del país, donde estuvo ya destinado en tiempos de Sadam Hussein, coincide en el diagnóstico. Pese al abandono que se observa en algunos aspectos —la basura, por ejemplo, que se quema sin más— hay sectores de la sociedad iraquí que aspiran a un cambio. Con ellos, junto a otros embajadores, tiene prevista una acción para limpiar las riberas del Tigris. Y no deja de ser un país de oportunidades, que confía en que las empresas españolas aprovechen, como lo hacen ya las de otros países.

Si ese futuro mejor llega, algo le deberá a Aarón Vidal.

Bonus track. Un paseo por Bagdad.

Añado aquí algunas instantáneas del paseo por Bagdad que tuve la oportunidad de dar el día 9 por la mañana y otras que recogí al paso durante un par de desplazamientos nocturnos. Me limito a poner las imágenes con un breve pie explicativo. Es una ciudad herida, en buena parte maltrecha, y a la vez, como todas las de Oriente, viva y rebosante de energía. Uno sólo puede desear que su gente, muy joven en su mayoría, pueda un día, sí, salir adelante.

Bagdad. Puestos de libros en el barrio de Al-Mutanabbi.

Bagdad. Estatua del poeta Al-Mutanabbi a orillas del Tigris.
«Mis versos suenan a los sordos y los ven los ciegos», se lee al pie.

Bagdad. Estatua de otro poeta: Abdel Ghani Maaruf al Rusafi.

Bagdad. Café Shabandar, en el barrio de Al-Mutanabbi.

Bagdad. Rincón de un mercado cerca de la calle Al-Mutanabbi.

Bagdad. Uno de los edificios arruinados que abundan en el centro.

Bagdad. Otro edificio medio en ruinas.

Bagdad. Puesto de frutas en el centro.

Bagdad. Mezquita de Haydar-Khana. reconstrucción otomana del edificio original abasí.
En 1920 allí se inició la revuelta contra los británicos.

Bagdad. Monumento a Gilgamesh del escultor contemporáneo iraquí Hadi Hamza al-Taie.
No está de más recordar que a esta tierra le debemos el primer gran relato escrito.

Bagdad. Retrato del difunto general iraní Suleimani en un barrio dominado por milicias chiíes.
Una de las muchas complejidades del Irak actual.

Bagdad. El Tigris, de noche, desde un moderno centro comercial y de ocio.
Al fondo, una de las llamas perpetuas que alimenta el subsuelo iraquí.
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